Misión Integral y Evangelización

a_mision_integralHace unos cuantos años, en la revista Misión se publicó un artículo de David J. Bosch, intitulado “El evangelismo: corrientes y contracorrientes teológicas hoy”. El propósito del artículo era mostrar la variedad de maneras en que, por lo menos en ese momento, se concebía y se practicaba el evangelismo (o la evangelización) alrededor del mundo. En la primera sección, de las tres en que se dividía el artículo, el autor describía seis posiciones distintas sustentadas por personas que consideraban “misión” y “evangelismo” como sinónimos. En la segunda sección daba cuenta de cuatro posiciones sustentadas por personas para quienes “misión” y “evangelismo” se referían a realidades diferentes. En la tercera sección, finalmente, el ilustre misionólogo sudafricano intentaba una redefinición tanto de “misión” como de “evangelismo” –una redefinición que, por un lado, los distinguíera, pero, por otro lado, los vinculara tan estrechamente que fuera imposible separarlos. El mismo rico concepto de evangelización en su íntima relación con la misión forma parte de la monumental obra de Bosch publicada originalmente en inglés en 1991, donde resume “evangelismo” como:
Aquella dimensión y actividad de la misión de la Iglesia que, por medio de palabra y acción, y a la luz de unas condiciones particulares y un contexto específico, ofrece a cada persona y comunidad, dondequiera que sea, una oportunidad válida de ser desafiada a una reorientación radical de su vida. Esta reorientación implica aspectos tales como ser liberado de la esclavitud al mundo y sus poderes, abrazar a Cristo como Salvador y Señor, llegar a ser un miembro vivo de su comunidad, la Iglesia, alistarse en su servicio de reconciliación, paz y justicia en la tierra, y estar comprometido con el propósito de Dios de colocar todas las cosas bajo el dominio de Cristo.
Se trata de una hermosa síntesis del significado de “evangelismo”, en que se destacan los ingredientes esenciales de esta “dimensión y actividad de la Iglesia”. No es este el lugar para un análisis detenido de tales ingredientes, ni mucho menos. Caben, sin embargo, las siguientes observaciones.
En primer lugar, “misión” tiene un sentido más amplio, más abarcador que “evangelismo”. Diríamos, en efecto, que la misión de la Iglesia –que en última instancia es la misión de Dios (missio Dei)– es tan amplia como la totalidad de la creación y de la vida humana en todas sus relaciones. Por cierto, al definirla así se corre el riesgo de olvidar la advertencia de Stephen Neill: “Si todo es misión, nada es misión”. La manera de evitar este error, sin embargo, no es excluir algún aspecto de la realidad por considerarlo ajeno al propósito de redención de Dios; es, más bien, afirmar la necesidad de leer los tiempos y definir las prioridades de la misión en cada situación.
Desde esta perspectiva, el calificativo de la misión como “integral” subraya la importancia de entender a la Iglesia y su misión, no como un proyecto que se limita a algún aspecto de la vida humana (p. ej., la relación con Dios, la predicación del evangelio, el culto), sino como el proyecto de Dios de colocar la totalidad de la creación y de la vida humana bajo su soberanía. Porque la totalidad de la realidad está incluida en el proyecto de Dios, nada que afecta a esa realidad, sea negativa o positivamente, queda excluido en principio de la preocupación cristiana. En otra palabras, cada aspecto de la realidad es un campo de misión, llámese derechos humanos, preservación de la Creación de Dios, mejores condiciones laborales, salud, educación, vivienda.
En segundo lugar, el “evangelismo” es una “actividad y dimensión de la Iglesia” que busca intencionalmente la integración de personas y comunidades al propósito de Dios. En cierto sentido, todo lo que la Iglesia es, hace y dice en conformidad con la voluntad con Dios tiene una dimensión misionera y puede por lo tanto ser usado por Dios para hacer posible que la gente se convierta a Dios “dejando los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar del cielo a Jesús” (1Ts 1:10). Hace falta, sin embargo, que el evangelismo sea, por decirlo, asumido como un aspecto esencial, ineludible, de la misión y realizado intencionalmente, con el propósito de servir como el medio que Dios usa para la conversión de la gente a él.
Desde esta perspectiva, el calificativo de la misión como “integral” subraya la importancia de la intención de que todo lo que la Iglesia es, hace y dice sea usado por Dios para la conversión de la gente a él a fin de colaborar con él en su propósito de establecer su soberanía sobre la totalidad de la creación y de la vida humana. Cuando por cualquier razón falta esa intención, se corre el riesgo de que la misión quede inconclusa porque le falta el ingrediente de ofrecer “a cada persona y comunidad, dondequiera que sea, una oportunidad válida de ser desafiada a una reorientación radical de su vida.

 

Notas

1 Misión, Vol. 6, No. 4 (Diciembre de 1987): 6-13.

2 Misión en transformación: Cambios de paradigma en la teología de la misión, Libros Desafío, Grand Rapids, 2000, pp. 513-514.

Escrito por C. René Padilla

Fuente: http://www.kairos.org.ar

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