La Iglesia: Comunidad Misional de Dios

1005150018

“Una visión bíblica del pueblo misional de Dios” por Juan Drive:  La historia bíblica comienza con la creación, una creación que culmina con la formación de una comunidad humana a la imagen de Dios.

Aunque esta comunión con Dios y la creación pronto fue víctima de la ambición humana, captamos una visión pasajera de la Creación tal como Dios la quiso y, a continuación notamos la estrategia divina para su restauración.La historia humana continua tras la violencia de Caín. En el relato de Noé la misericordia de Dios prevalece en medio del juicio. Cuando, en el relato de Babel, la lucha humana por el poder llega a su culminación y sus intentos para dominar terminan en su propia alienación y confusión, Dios responde con una nueva creación, un nuevo comienzo, la formación de un pueblo misional que de nuevo llevará el nombre y la imagen de Dios.

Esta alternativa – un pueblo que refleja el carácter divino y expresa , aunque imperfectamente, la intención salvífica de Dios – es esencial para comprender el sentido bíblico de lo que significa ser pueblo, al igual que para nuestra comprensión de misión. Cualquier intento de recuperar una visión bíblica de nuestra condición de pueblo independientemente de los propósitos misionales de Dios, acabará frustrado.

La comunidad abrahámica habría de ser para Dios una comunidad de bendición para toda la humanidad. Una bendición, según la visión bíblica, incluía infinitamente más que meras palabras y buenos deseos. En Israel antiguo la bendición era portadora de bienestar material y espiritual. El reinado de Dios es la esfera de bendición, la esfera en que la salvación divina en toda su plenitud se experimentaba en la fertilidad y la abundancia de la naturaleza y en relaciones sociales de justicia y de paz. Servir de bendición para las naciones equivale a ser misional en sus dimensiones verdaderamente salvíficas.
La llamada a Abraham a dejar su tierra y la casa de su padre apunta a más que un mero cambio geográfico. Tiene que ver con conocer y obedecer a «Jehová el Dios de Israel», en lugar de los «dioses extraños» de los caldeos (Jos. 24:2). Como señala un documento judío que viene del período intertestamentario, «Este pueblo desciende de los caldeos. Al principio se fueron a residir a Mesopotamia, porque no quisieron seguir a los dioses de sus padres, que vivían en Caldea. Se apartaron del camino de sus padres y adoraron al Dios del Cielo, al Dios que habían reconocido» (Jdt. 5:6-8).

La vocación de Abraham conllevaba dimensiones morales al igual que cúlticas religiosas. Seguir al Dios de Israel requería abandonar Ur, centro principal agrícola, industrial, comercial y religioso del mundo antiguo, con sus logros, para peregrinar bajo la tutela de Dios. En resumidas cuentas, se trataba de un llamado a una vida de radical inconformidad moral y espiritual, frente a la sociedad caldea y sus valores. Conocer al Dios de Israel conllevaba reordenar toda la vida con sus valores, conforme al carácter de Dios. La identidad del pueblo de Dios surge de la gracia y la providencia de Dios. El carácter esencialmente carismático del pueblo de Dios queda claro desde sus inicios. En esto contrastaba notablemente con Babel y sus herederos. El ejercicio egoísta del poder para dominar y para perpetuar este dominio siempre terminarán en la confusión. Israel cumpliría su misión de servir de bendición a todas las familiasde la tierra más fielmente, precisamente cuando la visión de su carácter misional era más clara y su identidad distintivamente carismática era más evidente.

La experiencia del éxodo y Sinaí en la vida de Israel constituye otro punto donde la intención misional de Dios para su pueblo se manifiesta con mayor claridad. «Ahora pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos ; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa» (Ex. 19:5-6a).
El carácter distintivo de los hijos de Abraham evitó que fueran simplemente absorbidos por la sociedad egipcia, a pesar de los cuatrocientos años que pasaron en Egipto. Este principio «carismático» permitió que los hebreos pudieran resistir ser asimilados. Un pueblo que vive y sobrevive por la gracia de Dios, y cuyo carácter lleva el sello del Dios a quien sirve, será por naturaleza una comunidad misional contra cultural, peregrinos y extranjeros perpetuos.
De acuerdo con el relato bíblico, la elección de Israel se basaba en la pura gracia de Dios y en el hecho de que ellos fueran «el más insignificante de todos los pueblos» (Dt. 7:6-8).

Esta visión fundamental de la elección divina como la predilección de Dios por los más insignificantes y los marginados estaba profundamente enraizada en la memoria de Israel. Los israelitas antiguos confesaban que «un arameo a punto de perecer fue mi padre, el cual descendió a Egipto y habitó allí con pocos hombres» (Dt. 26:5). Aunque más tarde Israel en tendería mal esta elección divina como fuente de condición privilegiado, en realidad su elección era el resultado del favor de Dios para con los débiles, los humildes y los pobres. Y esta elección era al servicio, a la misión de Dios en el mundo. El término bíblico traducido «posesión» en estos textos refiere a una porción tomada de la entidad entera y destinado a un propósito especial. Esto sitúa en su justo contexto la frase que acompaña: «porque mía es toda la tierra» (Ex. 19:5c).

Israel fue elegido por Dios, no debido a sus propios méritos sino debido a la intención divina a salvar todas las naciones. La identidad de Israel surge de su vocación a ser un signo fiel de la intención salvífica para todas las familias de la tierra. Por eso, Israel había de ser diferente de los demás. La santidad que caracterizaba a Israel no le daba fundamento para ser orgulloso ni reclamar privilegios exclusivos. Es más bien la forma espiritual y social que toma concretamente su vocación misional. En la medida en que Israel fuera diferente de las demás naciones, debido a su relación con Dios, sería un signo eficaz de la intención salvadora de Dios para toda la humanidad. Como Israel confesaba en su credo, Dios había hecho pueblo suyo a aquellos que no eran pueblo (Dt. 26:5-9; cf. Os. 2:23). Este pueblo fue llamado a vivir en un marcado contraste con los demás pueblos precisamente porque, según su vocación divina, habían de ser señal e instrumento de salvación para las naciones.

Los profetas del Antiguo Testamento mantuvieron viva esta visión durante épocas de infidelidad y de acomodación cultural bajo los reyes en Israel. Aunque los profetas advirtieron del juicio que les sobrevendría, también compartieron un mensaje de esperanza más allá del juicio, de una restauración del reinado divino de justicia y de paz. Recogieron esa visión de un pueblo misional, ya presente en la promesa antigua a Abraham, la visión del reinado de Dios restaurado para bendición de toda la humanidad. Según su visión, «el monte de la casa de Jehová» sería restaurado de una manera nueva y altamente visible entre todos los pueblos de la tierra. Vislumbraron las naciones siendo atraídas por las relaciones reconciliadas entre Dios y su pueblo caracterizadas por la justicia, la paz y la salvación (Miq. 4:1-4; Isa. 2:1-4; Zac. 8:20,22).

Ezequiel, viviendo entre los exiliados en Babilonia, podía ver más allá del nacionalismo estrecho de sus contemporáneos. Podía, denunciar la infidelidad del pueblo de Dios y, a la vez, compartir su visión de que las naciones de la tierra fuesen bendecidas mediante el cumplimiento de su mi sión divina. «Y santificaré mi grande nombre profanado entre las naciones, el cual profanasteis vosotros en medio de ellas; y sabrán las naciones que yo soy Jehová…cuando sea santificado en vosotros delante de sus ojos» (Ezeq. 36:23). E Isaías, tras el retorno del exilio, vislumbraba que el templo restaurado llegaría a ser «casa de oración para todos los pueblos» (Isa. 56:7,8).

Los profetas vislumbraron un pueblo que caminaría en los senderos del Señor, guiado por las provisiones de su pacto misericordioso, que sería como un imán que atrae hacia sí los demás pueblos de la tierra. Esta visión fundamental de ese pueblo santo de Jehová – anticipada ya en la vocación de Abraham (dependencia absoluta en Dios, tanto para su vida como para su supervivencia) y en su experiencia el éxodo y Sinaí (relaciones sociales determinadas por el pacto, con sus valores de justicia y paz) – llega a ser la visión profética la restauración del pueblo de Dios.

Jesús, y el movimiento mesiánico que él inició, no pueden comprenderse independientemente de esta visión veterotestamentaria del pueblo misional de Dios. Toda la proclamación y enseñanza y actividad de Jesús, en los intereses del reinado de Dios, apuntaban hacia la restauración de un pueblo santo comisionado a llevar a cabo de una manera definitiva el propósito salvífico de Dios en medio de las naciones. La misión mesiánica apuntaba hacia la formación del pueblo escatológico de Dios, donde se realizaría el reinado de Dios con su orden social distintivo. Jesús concebía a la comunidad en términos de la visión profética «de la casa de Jehová…establecida por cabecera del monte». Describió este pueblo nuevamente restaurado como «la luz del mundo, una ciudad asentada sobre un monte…para que [los pueblos] vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en el cielo» (Mt. 5:14-16).

Es en este contexto que tenemos que comprender aquellas llamadas revolucionarias a renunciar a toda violencia (Mt. 5:39-48) y a cualquier intento de dominar mediante la fuerza (Mc. 10:42-44) entre sus seguidores. La práctica del amor no resistente hacia personas violentas y su visión pa ra ejercer una autoridad derivada totalmente del servicio implican la existencia de una comunidad contra cultural que está en contraste marcado con las sociedades seculares caracterizadas por su deseo de ejercer el control mediante la coacción. Es precisamente esta clase de amor no-resistente lo que revela de la forma más clara a un Dios que ama a sus enemigos y busca salvarlos (Mt. 5:3,9,16,44-48).

A la luz de este trasfondo veterotestamentario, la petición en la oración de Jesús, «santificado sea tu nombre», expresa la esperanza de que Dios habrá de restaurar a un pueblo que es concretamente diferente en su santidad social. Implica la restauración del verdadero pueblo de Dios, a fin de que el reinado de Dios brille con toda claridad y que el nombre de Dios sea honrado en toda su gloria entre todos los pueblos (Ezeq. 20:41, 44; 36:22-24; Lev. 20:26; Dt. 7:6-11).

La insistencia, de parte de Jesús, en la justicia que corresponde al reinado de Dios (Mt. 5) y su confianza en la providencia del Padre (Mt. 6:19-33) presuponen la clase de comunidad vislumbrada en la vocación de Abraham y en el pacto misericordioso de Sinaí, con sus provisiones sabáticas y jubilares. Estas enseñanzas empezaron a encarnarse en la comunidad que se formó en torno a Jesús. Se trata de una expresión concreta del reinado de Dios que está siendo restaurado. Un pueblo nuevo y diferente surge en medio de las naciones, un pueblo en el cual resplandece la gloria de Dios para bendición de todos los pueblos de la tierra (Miq. 4:1-4; Mt. 5:14-16).

Si nos tomamos en serio la descripción del Evangelio de Marcos, Jesús fue crucificado literalmente porque procuraba restaurar el templo a su función como casa de oración para las naciones, tal como el profeta Isaías había vislumbrado (Mc.11:17-18; Is. 56:7). La forma social que tomaba la comunidad reunida en torno a Jesús estaba ya anticipada en la visión profética de un pueblo contracultural colocado en medio de los pueblos como signo visible de la intención salvífica para todos. De hecho, la gran comisión de Jesús presupone la existencia de esta clase de comunidad. Ésta es también la visión que inspiraba a las comunidades apostólicas del Nuevo Testamento. Se veían como comunidades de testimonio en medioque existe para servir de bendición a todos los del judaísmo contemporáneo al igual que a los pueblos paganos. Este es el contexto para comprender la vida y misión de la comunidad.

La Autocomprensión de la Iglesia como Comunidad Misional en 1 de PedroI de Pedro 2:9-11 nos ofrece un excelente ejemplo de la forma en que la iglesia primitiva comprendía su identidad esencial como comunidad misional:
La visión veterotestamentaria de un pueblo misional era fundamental para la auto-comprensión de la iglesia.  Estas imágenes de pueblo fueron tomadas directamente de los textos que inspiraron el sentido de identidad en Israel antiguo – Ex. 19:5-6, Dt. 7:6-7, Isa. 43:20-21, y Os. 1:6-9. I de Pedro presenta en forma explícita las dimensiones misionales de su condición de pueblo.El hecho de apelar a estos textos del Antiguo Testamento nos revela dos aspectos de la auto comprensión de la iglesia primitiva.  Primero, la iniciativa salvífica de Dios es esencialmente corporativa en sus dimensiones.  La salvación en la Biblia es relacional.  Se trata de la restauración de relaciones estropeadas – con Dios, entre los humanos y con el orden creado entero.  Se experimenta la salvación en la restauración de todas estas relaciones rotas.  Las versiones altamente privatizadas de la salvación, que los cristianos occidentales muchas veces nos hemos imaginado, carecen de sólido fundamento bíblico.

Segundo, el uso de estos textos del Antiguo Testamento señala que la iglesia entendía que el carácter y la función del pueblo de Dios en elcarácter y la función del pueblo de Dios en el mundo habría de ser fundamentalmente misional. Un «sacerdocio real» supone un pueblo dedicado al culto y al servicio de Dios, su rey.  También apunta a la función representativa de un pueblo que existe para servir de bendición a todos los pueblos de la tierra.  Su vocación es interceder y abogar por toda la humanidad.  La conducta de este pueblo en medio de las naciones tiene que reflejar, sin distorsión, al Dios salvador que ellos han llegado a conocer.

«Nación santa» es otra imagen que señala a un pueblo cuya identidad es determinada por el carácter y los propósitos salvíficos de su Dios.  El contexto de esta imagen en 1 de Pedro hace claro que la santidad que está a la vista aquí no es una espiritualidad netamente individual, en primer instancia, ni es cuestión de una santidad puramente personal o particular, por importantes que éstas sean.  El enfoque fundamental de este pasaje es un pueblo que en forma corporativa da testimonio a la intención salvadora de Dios para toda la humanidad.  El claro sentido de identidad comunitaria de la iglesia primitiva era un elemento esencial para el cumplimiento de su misión.  Esta comunidad contracultural era tanto el contexto en que la gracia de Dios era experimentada, como el instrumento para la comunicación de esta gracia a los pueblos de la tierra.

«Linaje escogido» y «pueblo escogido» son imágenes que reflejan la convicción que corre a lo largo del Antiguo Testamento, desde Moisés hasta los profetas, constituyendo la base del sentido de pertenencia y de propósito en Israel Antiguo.  El pueblo de Dios existe para bendición de todos, a fin de poder comunicar la gracia de Dios a todos. La comunidad petrina entendía que, como pueblo misional de Dios, sería distintivamente contra cultural en su relación con el mundo al cual había si do enviado.  Como pueblo misional de Dios en el mundo, los cristianos se hallaban en casa donde quiera.  Sin embargo, no se encontraban plena mente en casa en ninguna parte.  Tanto Pedro como Pablo aclaran que su condición de pueblo era parte integral de las buenas nuevas, al igual que instrumental para su proclamación.  Citando del texto en Oseas 1:6-9, Pedro dice que no ser pueblo de Dios es encontrarse fuera de su gracia, y al contrario, ser pueblo de Dios es experimentar la misericordia de Dios (1 de Ped. 2:10).  Por su parte, Pablo escribe que estar alejado de la ciudadanía del pueblo elegido era encontrarse «sin esperanza y sin Dios en el mundo» (Ef. 2:12).  Y al contrario, una relación con el Padre se halla en el contexto de la familia de Dios, dentro de su pueblo misional (Ef. 2:18-19).Esta visión de condición de pueblo misional que surge de la vocación de Abraham y de la tradición del éxodo y Sinaí, corre a través de los profetas y halla su expresión más plena en el Nuevo Testamento.  Jesús mismo cumplió esta visión de condición de pueblo y de sentido de misión (Mt.5:13-16, et al.) y tanto Pedro como Pablo, y los demás escritores del Nuevo Testamento, lo articularon para la iglesia primitiva.

por Juan Drive

Fuente: http://www.misionespaam.org/?p=27

Pin It