El Islam Desde Otra Óptica

a_islam_opticaA la orden del día – Si para algunos el islamismo resultaba una religión poco conocida y hasta remota, luego del 11 de septiembre de 2001 dejó de ser tal. Hoy los seguidores de Mahoma están a la orden del día en todos los medios. A diario el islam es tapa de periódicos y revistas, o noticia reiterada en la televisión y por las radios. Los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono, y el resultante conflicto en uno de los países más pobres de mundo, Afganistán, acapararon la atención mundial.

Pero, ¿qué es el islam, para una mayoría que lo había confinado mentalmente a la categoría de una religión oriental, que poco y nada tenía que ver con nosotros? ¿Será que, como los pintan los medios, todos los musulmanes son gente de temer, que respiran de continuo amenazas y odio contra Occidente? ¿Cómo entender que aquellos 19 fundamentalistas -que se inmolaron para perpetrar los vandálicos ataques en Nueva York y Washington, con acciones suicidas de tan sólo minutos de duración- hayan logrado alterar el orden mundial al punto de comprometer la paz del planeta, como se pensó en algún momento? Su nacimiento y extensión. No podemos entender al islamismo con claridad si desconocemos cómo nació, cómo se extendió y cuáles son sus creencias. Sus orígenes se remontan unos 1400 años en la historia, a la Península Arábiga. Mahoma (570-632 d.C.) -un descendiente de Ismael, el primer hijo del patriarca Abraham (Génesis 16)- no recibió buen testimonio de los judíos, cristianos y paganos de su tiempo. Decepcionado, alegó recibir visiones, que en principio atribuyó a los demonios, pero que luego asignó al propio ángel Gabriel. Al compartir esas “revelaciones”, sus conciudadanos de La Meca no las aceptaron, por lo que tuvo que huir (esa huida, la Hégira, marcaría posteriormente el comienzo del calendario musulmán). Al cabo de unos ocho años retorna nuevamente a su ciudad natal, acompañado de un ejército, por medio del cual impone una nueva religión monoteísta: ¡había nacido el islam!

En poco tiempo, ante un cristianismo fragmentado y debilitado, que no disponía de la Biblia en el idioma vernáculo, esta nueva religión logró imponerse con relativa facilidad donde antes había ondeado la bandera de la cruz. En apenas un siglo el islam conquistó la Península Arábiga, el Medio Oriente, el Norte de África, avanzó por Europa occidental levantando su estandarte en la Península Ibérica y en la región oriental hasta los Balcanes. Más adelante conquistaría el Asia Central y el Lejano Oriente.

Hoy, en pleno siglo XXI, y más allá de los asentamientos logrados a lo largo de los siglos, nos encontramos con que en los últimos cincuenta años se ha extendido ostensiblemente en la Europa “cristiana”, al punto que la cifra de inmigrantes -o hijos de inmigrantes- de países islámicos, supera con holgura la cantidad de evangélicos en diversos países del Viejo Continente. Semejante incontenible avance se da también en las Américas, donde año tras año su número aumenta y nuevas mezquitas se levantan en nuestras grandes urbes.

 

Sus creencias

Junto al judaísmo y al cristianismo, integra las tres únicas religiones monoteístas. Alá es su Dios; Mahoma su gran profeta (el “sello de los profetas”) que Alá envió a la humanidad; su libro sagrado es el Corán, de aproximadamente el tamaño del Nuevo Testamento. Sus seguidores reconocen la Torá (el Pentateuco), el Zabur (los Profetas) y el Injil (el Evangelio), que según ellos fue adulterado por los cristianos.

Jesús (Isa) es un gran profeta, tenido en muy alta estima, pero no el Hijo de Dios (¿cómo podría Dios tener un Hijo si no tuvo mujer?), ni murió en la cruz (sólo se desmayó, ¿cómo Dios dejaría que mataran a su enviado?). Por lo tanto, no hay sacrificio vicario ni resurrección. Además, los cristianos son infieles porque adoran a tres dioses: Dios, Jesús y María. Y los que rinden culto a las imágenes son “asociadores”, pues relacionan al Dios invisible con objetos hechos por manos humanas, cayendo en el terrible pecado de la idolatría, que merece el más severo castigo.

Así de simple: un solo Dios (nada de Trinidad), un gran Profeta (ningún Mediador), un solo libro sagrado (el Corán), ninguna imagen, y una férrea moral que preserva los valores ancestrales; premisas todas con las que esta religión fue ganando espacio en un Occidente cada vez más descristianizado.

 

Su relación con Occidente

Las relaciones entre un Occidente “cristiano” y un Oriente “musulmán” no han sido siempre de las mejores. Largos siglos de historia estuvieron cargados de hostilidades y rivalidades. Existen tres situaciones que marcaron a fuego el enfrentamiento.

En primer lugar, durante la Edad Media los católicos de Europa organizaron las tristemente célebres Cruzadas, para recuperar el Santo Sepulcro (Jerusalén) de mano de los “infieles” musulmanes. Por tierra y por mar se lanzaron en guerra santa, movidos por la promesa de obtener indulgencias si morían en batalla. La Primera Cruzada fue seguida por la Segunda, y esta por la Tercera y la Cuarta… Los europeos derramaron sangre, mucha sangre. Documentos de aquella época atestiguan que “la sangre llegaba hasta las rodillas de los caballos”. Pasaron nueve siglos y los musulmanes no han olvidado el salvajismo y la crueldad de los llamados “cristianos”.

En segundo lugar, y con posterioridad, los europeos los colonizaron. Prácticamente casi toda África y Asia estuvieron bajo el poder de potencias imperiales. Les impusieron nuevas lenguas (inglés, francés, español, ruso), les controlaron su economía y los dominaron a lo largo de décadas. Pero a diferencia de lo que aconteció en América, donde el proceso de emancipación de los poderes europeos se dio a principios del siglo XIX, las naciones africanas y asiáticas lograron independizarse recién a mediados del siglo pasado, es decir, aproximadamente unos cincuenta años atrás. La herida infligida por los cristianos de Occidente aún no ha cicatrizado.

Y en tercer lugar, yendo al presente, cuando ellos miran películas de Occidente o acceden a la televisión satelital, ¿qué es lo que ven? La inmoralidad de los filmes de Hollywood, la desintegración de la familia, el vicio, la violencia, la droga. “¿Eso es el cristianismo? -se preguntan- ¡No lo queremos! ¡No vengan a contaminarnos con su inmoralidad!”

A fuerza de ser sinceros, reflexionamos: ¿es que están tan equivocados? El cristianismo occidental ha dado motivos más que suficientes para escandalizarlos y endurecerlos. Y si a ello añadimos el apoyo permanente que le ha dado a Israel -en contra de sus hermanos árabes palestinos-, y ha financiado dictaduras como las de Irak, Arabia Saudita y ¡hasta al propio Bin Laden!, para salvaguardar intereses políticos y económicos de la región, ¡no es de sorprender que los musulmanes no tengan la mejor opinión de Occidente!

 

Por qué algunos son fundamentalistas

Algunos de sus adinerados jeques y sultanes fueron a estudiar a Inglaterra, Francia o los Estados Unidos, y regresaron con un título debajo el brazo. Se apoltronaron en puestos de eminencia, aferrándose al poder de sus empobrecidas economías. La riqueza del petróleo quedó en manos de unos pocos de la clase dominante -viviendo en lujos y disipaciones, propios de occidentales corrompidos- y coqueteando con los gobiernos ateos o liberales de Europa y los Estados Unidos. Frente a semejante despilfarro y pérdida de los valores religio-sos, los fundamentalistas, sintiéndose traicionados por sus compatriotas, optan por pronun-ciarse en contra de lo que ellos consideran una apostasía. “Es hora de volver a los fundamen-tos -léase: el Corán- y, si es necesario, mediante el uso de las armas”, razonan.

Movidos por un fuerte celo religioso lucharán, hasta dar sus propias vidas, contra el gran enemigo de la verdadera fe: Occidente cristiano e infiel. Abrazar esta causa en defensa de la religión es razón suficiente para ser honrados como mártires, en la esperanza de que Alá los recompensará con la entrada al Paraíso, tal como promete el Corán. No todos los musulmanes piensan de igual manera -¡ni siquiera la mayoría!-, pero sí unos cuantos co-mo para que con sus actos suicidas logren conmover a la opinión pública. Sin embargo, la gran multitud que no aprueba tales acciones sangrientas, son gente pacífica, que procuran llevar vidas normales, como buenos padres y ciudadanos, amantes de sus hogares, trabajos y tradiciones, y cálidos en expresar hospitalidad.

 

Las persecuciones

Esto último se presta a confusión, particularmente cuando tomamos en consideración las libertades individuales, imposibles de ejercer tal como lo hacemos en Occidente. Sus gobiernos son en su mayoría totalitarios, y por más que puedan presentar vestigios de democracia, por lo general no dan ningún espacio para el disenso. Cualquier intento de cambio de religión se considera una amenaza al orden público y a la tradición, y por ende, merece ser reprimido. En algunos casos interpretan fanáticamente la Sharía (ley coránica), y el “infractor” puede ser, desde expulsado de su hogar, hasta perder el trabajo, terminar en la cárcel, huir del país o pagar con la pena capital.

Cuarenta y siete naciones ostentan el islamismo como religión oficial. Cuando alguna dice admitir la libertad de culto, se interpreta que es para los extranjeros y no para los nacionales. Las iglesias cristianas, si las hay, son en su mayoría pequeñas y subterráneas, y están expuestas a constantes presiones gubernamentales y de la sociedad. Es rarísimo encontrar un templo o una capilla, saber de un seminario o librería evangélica… ¡ni qué hablar de una emisora de radio o televisión cristiana! La evangelización pública y masiva, con honrosas excepciones, no está permitida. Y existen lugares donde se suceden sangrientas matanzas de cristianos desde hace tiempo, sin que las autoridades locales ni los organismos internacionales den muestras de querer intervenir para detenerlas.

No obstante, cuando emigran y se establecen en Occidente, comienzan a reclamar los derechos para ser tratados con igualdad: autorización para levantar sus mezquitas, hacer las oraciones públicas, nombrar sus representantes, etcétera. ¡Lo que les niegan a los cristianos en su tierra, se lo exigen para el islam cuando están en el extranjero! Y para más, participan en semejante incongruencia, complacidos, hasta nuestros propios gobernantes. Tal es lo que aconteció, por caso, en mi país, adonde no hace mucho se inauguró en la ciudad de Buenos Aires la mezquita más grande de Sudamérica, edificada sobre un costosísimo predio de tres hectáreas y media que la Nación obsequió al gobierno de Arabia Saudita. Los ex presidentes Menem y De la Rúa estuvieron presentes en la inauguración de las instalaciones, junto al príncipe heredero de la corona arábiga y su numeroso séquito. Pero, ¡ninguna voz se alzó en reclamo de que acabe el régimen despótico del rey Fahd! -sin lugar a dudas el más totalitario del planeta-. Tampoco nos consta que lo hayan hecho las Naciones Unidas ni los Estados Unidos ni las potencias europeas. Es que el petróleo debajo de la arena puede mucho más que los grandes discursos que proclaman, de labios, los defensores de la libertad. ¡Cuánto cinismo!

 

Hacia una gratitud evangélica

Como quiera que sea, los latinos no somos identificados, necesariamente, con las potencias del Primer Mundo y los malos ejemplos ya apuntados. Si rechazan al cristianismo es porque han visto hasta ahora una burda caricatura de él. Al auténtico cristianismo, es decir, el de un Cristo manso y humilde, no han tenido ocasión de conocerlo aún. En una hora como esta deberíamos preguntarnos, como evangélicos iberoamericanos, si no es la ocasión más oportuna para mostrarles las verdaderas diferencias. Que en vez de ahondar los prejuicios que nos distanciaron, los amemos con la ternura de Cristo; que en vez de evitarlos, nos acerquemos con empatía; que en vez de olvidarlos, los recordemos ante el Trono de la gracia.

Deberíamos redoblar los esfuerzos en llevarles el Evangelio, tanto a los que están en nuestras inmediaciones como a los que están lejos. Deberíamos, asimismo, redoblar el apoyo a la iglesia sufriente donde nuestros hermanos son perseguidos por su fe; y apoyar financieramente con más desprendimiento a los obreros que trabajan silenciosamente entre ellos. Si esta no es la ocasión, ¿cuándo? Y si no lo hacemos nosotros, ¿quiénes? Al fin y al cabo, ellos también son amados del Padre, y como descendientes de Ismael -y por ende de Abraham- herederos de promesas divinas. ¿Cómo podríamos desentendernos?

Dios prometió que haría de Ismael “una gran nación” (Génesis 16.10; 21.13 y 18) y, efectivamente, así lo hizo. Estuvo con el muchacho cuando vagaba con su madre por el desierto (v. 21.20). Llegó a ser padre de doce hijos, que fundaron las doce tribus con que se formó el pueblo árabe (vv. 25.12-18). Fue profetizado que un día habrían de conocer y adorar al Señor (Isaías 60.6-9). Y en Pentecostés, convertidos a Cristo, se integraron a la iglesia en su primera hora (Hechos 2.10-11). ¡Dios estaba llevando adelante sus planes con la descendencia del primer hijo de Abraham!

Los hijos de Ismael -hoy más de doscientos cincuenta millones de árabes-, suman mucho más que los hijos de Isaac -dieciséis millones de judíos-. La promesa de que su descendencia sería tan grande, “imposible de ser contada”, se ha cumplido verdaderamente. Más allá de lo estrictamente genético, hay muchos otros musulmanes que no son árabes y que cuadruplican su número. Son de piel cobriza, negra, amarilla o blanca, y en su conjunto totalizan más de mil millones de almas… ¡y todos se consideran “descendientes espirituales” de Ismael!

Al margen de los guarismos, nos importa recalcar que la única manera de obtener verdadera filiación espiritual con el Padre es a través del Hijo, rindiéndose a sus pies y reconociéndolo como Señor y Salvador. Hasta tanto eso ocurra, muchas de las bendiciones prometidas quedarán en suspenso. Seamos, pues, instrumentos en manos de Dios: como Agar que le alcanzó oportunamente el agua a Ismael para que no pereciera en el desierto (Génesis 21.19), llevémosle con urgencia el Agua de Vida que ofrece gratuita salvación.
Escrito por Federico A. Bertuzzi

© Tomado de la revista Apuntes Pastorales, suplemento “Ellos y Nosotros” (vol. XIX, Nº 3, febrero 2002).

Fuente: http://www.pminternacional.org

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