Bendecidos Para Bendecir

a_bendecidosUn día, a un hermano en Cristo se le preguntó cómo estaba. El respondió que se sentía cargado. La persona que le había hecho la pregunta se sorprendió, pues el hermano traía una enorme sonrisa en la cara. ¿Cargado? -le preguntó. -¿Cómo es que te sientes cargado, pero estás sonriendo como loco? Estoy cargado -replicó el hermano- pero de bendiciones. Dios me ha dado una bendición tras otra, hasta que realmente puedo decir que estoy cargado de bendiciones.

¿Cuántos de ustedes están cargados de bendiciones en esta mañana? Si estás en Cristo, no importan tus circunstancias; has recibido bendiciones sobreabundantes. Efesios 1:3 dice que Dios “nos ha bendecido en las regiones celestiales con toda bendición espiritual en Cristo”.

Como creyentes, tenemos las bendiciones sobreabundantes del perdón, de la paz, de la vida eterna, de la presencia de Dios en nuestras vidas, de su prosperidad y su socorro. Si tú estás en Cristo, eres bendecido. Díselo a la persona que está a tu lado: Soy bendecido en Cristo.

Ahora bien, surge una pregunta: ¿con qué motivo nos bendice Dios? ¿Cuál es la razón por la que El ha derramado estas bendiciones tan libremente sobre nosotros? Comentó una señora, Me siento tan apapachada por Papá Dios. ¡Qué bueno! Pero, ¿será que Dios nos bendice solamente para que descansemos apapachados, como bebés contentos?

La Biblia nos enseña algo diferente. Volvamos a los principios del plan redentor de Dios registrado en su Palabra para ver cuál es su propósito en bendecir a su pueblo.

Lectura: Génesis 12:1-3

  • 12:1 Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré.
  • 12:2 Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición.
  • 12:3 Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra.

Abram – cuyo nombre luego fue cambiado a Abraham – nació en una familia idólatra. Vivió en Ur, una ciudad cosmopolita y rica de Mesopotamia. Esta ciudad era un centro de la adoración del dios de la luna, Sin.

Este hombre creció en medio de la idolatría. No recibió ninguna educación espiritual que lo guiara a conocer al Dios verdadero. La memoria del Dios del cielo – el Dios verdadero – casi había desaparecido de la tierra, y la gente adoraba a dioses de su propio invento.

A este hombre Dios le habló – quizás en un sueño, quizás en una visión – y le hizo grandes promesas. Es con Abraham que empieza a desarrollarse el propósito redentor de Dios que culmina con el nacimiento de Jesucristo. Abraham es antepasado en la carne de la nación de Israel, mediante la cual viene Jesús.

Si examinamos esta promesa, notamos algo interesante. Vemos que

Dios nos bendice para que seamos de bendición

Para que no se nos escape, Dios lo repite dos veces. En el verso 2 Dios promete bendecir a Abraham, y luego dice: “y serás una bendición”. De igual forma, el verso 3 dice: “por medio de ti serán bendecidas todas las familias de la tierra”.

La descendencia que Dios le prometió a Abraham, y la tierra que también le prometió, no eran para que él simplemente se gozara y se sintiera apapachado; Dios lo bendijo para que él también fuera una bendición. Esta bendición ha sido muy grande. Por medio de la descendencia de Abraham han venido casi todos los autores bíblicos. Por medio de su descendencia Dios dio su revelación escrita al mundo. Por medio de su descendencia surge el Salvador del mundo.

Toda esa bendición empezó con Abraham, y con su respuesta de fe a Dios. La Biblia dice que Abraham creyó a Dios, y le fue contado como justicia. De hecho, Abraham no vivió para ver la mayoría de las bendiciones prometidas.

Sin embargo, Abraham le creyó a Dios; y por su fe y obediencia, ocupa un lugar sumamente importante en el plan divino. Ahora bien, nosotros tenemos algo en común con él, si hemos llegado a conocer a Cristo.

 

Lectura: Gálatas 3:8-9

  • 3:8 Y la Escritura, previendo que Dios había de justificar por la fe a los gentiles, dio de antemano la buena nueva a Abraham, diciendo: En ti serán benditas todas las naciones.
  • 3:9 De modo que los de la fe son bendecidos con el creyente Abraham.

El propósito de Dios en llamar a Abraham fue que nosotros compartiéramos su justicia por medio de la fe. Aquí se nos dice que los que vivimos por fe compartimos la bendición de Abraham. ¿Se dan cuenta de lo que está diciendo el apóstol? Por medio de la fe, nosotros entramos a la misma bendición que Dios le prometió a Abraham.

El propósito de Dios es bendecirnos con vida, con perdón, con paz y con su presencia. Nosotros recibimos esa bendición de la misma forma en que la recibió Abraham – por medio de la fe, que siempre produce obediencia. Ahora bien, si compartimos la bendición de Abraham, también compartimos su responsabilidad.

Me explico: Dios bendijo a Abraham para que él fuera de bendición a todas las naciones. De igual forma, nosotros somos bendecidos con Abraham para que nosotros también seamos de bendición a todas las naciones. Es por esto que nos dijo Jesús: “Id y haced discípulos a”… ¿a quiénes?… “a todas las naciones” (Mateo 28:19).

Nosotros también hemos sido bendecidos con el don de la salvación para que nosotros seamos de bendición para todas las naciones de la tierra. No hemos sido bendecidos – con la salvación, con la prosperidad económica, con la vida – simplemente para guardar las bendiciones.

Ustedes saben lo que pasa con un lago cuando tiene entradas de agua, pero no tiene salida. Se convierte en un pantano, y empieza a apestar. Lo mismo nos sucede a nosotros cuando queremos sólo recibir, y no dar. Hemos sido bendecidos para bendecir. Veamos lo que nos dice la Palabra.

 

Lectura: Salmo 67

  • 67:1 Dios tenga misericordia de nosotros, y nos bendiga; Haga resplandecer su rostro sobre nosotros;
  • 67:2 Para que sea conocido en la tierra tu camino, En todas las naciones tu salvación.
  • 67:3 Te alaben los pueblos, oh Dios; Todos los pueblos te alaben.
  • 67:4 Alégrense y gócense las naciones, Porque juzgarás los pueblos con equidad, Y pastorearás las naciones en la tierra.
  • 67:5 Te alaben los pueblos, oh Dios; Todos los pueblos te alaben.
  • 67:6 La tierra dará su fruto; Nos bendecirá Dios, el Dios nuestro.
  • 67:7 Bendíganos Dios, Y témanlo todos los términos de la tierra.

Aquí la nación de Israel expresa, en su oración a Dios, su verdadero propósito. El primer verso da eco a la bendición que pronunciaban los sacerdotes sobre el pueblo. El segundo versículo expresa la razón por la que pedían la bendición de Dios: para que todas las naciones pudieran conocer la salvación de Dios.

Este fue el propósito de Dios en llamar a Israel: hacer de ella una nación que testificara de su verdad y su salvación. El resultado sería que todos los pueblos alabarían a Dios, como lo expresa el verso tres. Dios es tan grande que la alabanza de sólo un pueblo no es suficiente; El se merece que todos los pueblos lo alaben.

En realidad, como dice el verso cuatro, El guía a todos los pueblos de la tierra. Tristemente, muchos de ellos no reconocen su bendición y su reinado aún. Varios de ellos ni siquiera han tenido la oportunidad de aceptar o rechazarle. Por este motivo, debemos de trabajar para que todas las naciones alaben a Dios.

El verso seis nos promete que la extensión del mensaje divino de salvación traerá bendición. “La tierra dará su fruto”, dice. Jesús dijo a sus discípulos que el evangelio tendría que predicarse a todas las naciones, y entonces vendría el fin. El fin es un tiempo de renovación y restauración, así que la tierra dará su fruto de una forma espectacular cuando todas las naciones alaben a Dios. Cuando impulsamos la extensión del evangelio, apresuramos el regreso de Jesús.

Esta es nuestra esperanza: que todas las naciones conozcan a Dios y sirvan a su Hijo en el poder de su Espíritu. Este es el motivo por el cual Dios nos ha bendecido a nosotros. Dios bendice a su pueblo para que su pueblo sea de bendición.

El pueblo de Israel, tristemente, falló en su propósito. Cometió el error de pensar que las bendiciones de Dios eran sólo para Israel, no para los demás. Llamaban “perros” a los gentiles, como si fueran indignos de recibir las bendiciones de Dios. Jesús dijo: “Yo tengo otras ovejas que no son de este redil” (Juan 10:16). Así corrigió la exclusividad de los judíos.

¿Cometeremos nosotros el mismo error, acarreando bendiciones sin compartirlas? Consideren esto: el 97% de la población mundial conoce la marca Coca-Cola. El 72% del mundo ha visto un envase de Coca-Cola. El 51% del mundo ha probado la Coca-Cola. ¡La Coca-Cola apenas tiene 100 años de existencia!

Si una compañía de bebidas ha podido llevar su mensaje a todo el mundo, ¿por qué no lo ha hecho la Iglesia de Cristo? ¿Qué bendición te ha dado Dios que debes de usar para que se extienda su evangelio?

 

Conclusión

En esta temporada navideña celebramos el mejor regalo y la mayor bendición de todas: la llegada de Cristo al mundo. En esta temporada también recogemos una ofrenda especial para impulsar la extensión del evangelio alrededor del mundo. Como Iglesia, tenemos una meta para esta ofrenda.

Creo que Dios nos llama, sin embargo, a rebasar esta meta y dar mucho más. Si Dios tanto nos ha bendecido, ¿cómo podemos hacer menos? Yo me he propuesto dar el doble este año de lo que he dado en años pasados, y les animo a considerar ante Dios lo que están dispuestos a dar para que todos los pueblos le conozcan.

Una mujer llamada Alila estaba parada a la orilla del río Ganges, en la India. Tenía en los brazos a su bebé de seis meses. Con lágrimas corriendo por las mejillas, lentamente empezó a entrar a las profundidades del río. Cuando se encontraba en medio del río, se detuvo por largo rato. Por fin, con una expresión desesperada, lanzó el bebé al agua.

Un misionero la encontró sollozando a orillas del río. Cuando le preguntó qué pasaba, ella le dijo: Los problemas que tengo en la casa son muchos, y mis pecados pesan en mi corazón, así que le ofrecí lo mejor que tenía a la diosa Ganges.

Con compasión el misionero le habló del amor de Jesús, y le dijo que podría encontrar perdón en El. Cuando terminó de hablar, ella le dijo: Yo jamás había oído esto. ¿Por qué no llegó usted hace treinta minutos? Si lo hubiera hecho, mi hijo no habría tenido que morir.

Y yo me pregunto: ¿Cuántos más tendrán que morir mientras nosotros disfrutamos de las bendiciones de Dios, sin darnos cuenta de que hemos sido bendecidos para bendecir? Unámonos en dar, en orar y en ir a alcanzar a los que aún no saben de Cristo.

Escrito por Pastor Tony Hancock

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